sábado, 25 de junio de 2011

Cuando el atardecer y el amanecer son la misma cosa

La noche del 21 de junio fue una noche mágica, creo que la recordaré siempre como una de las mejores noches de San Juan que he vivido nunca. Tampoco es que hiciésemos nada extraordinario pero creo que el ambiente y sobre todo ser un grupo con procedencias tan distintas (Inglaterra, Méjico, Corea, Japón y España) ayudaron mucho.
Ahora mismo estoy viviendo en el sur, en una granja (futuro museo) cercana a Selfoss, la ciudad más grande del sur (6570 habitantes), en una casa tradicional islandesa. Fue construida hace unos 200 años por lo que además de no tener ni electricidad ni ducha mantiene las proporciones de la gente de la época. Esto se traduce en techos bajísimos y camas de 1,65m de largo en donde tengo que dormir un poco encogida.
Por otro lado, el trabajo está siendo durillo ya que estamos construyendo los caminos de entrada y salida del museo utilizando bloques de lava (unos 450 kg cada uno) y enormes losas de pizarra, pero como en todos los campos de trabajo en los que he estado, reina el buen humor y las ganas de pasarlo bien, así que todas estas dificultades se pasan por alto.
Lo que en realidad os quería contar es cómo vivimos la noche del 21 de junio. Esperamos a que fuesen las 12 de la noche, escribimos nuestros deseos en trocitos de papel requeteusados, agrupamos las únicas 6 velas de ikea que teníamos para imaginarnos que estábamos ante una típica hoguera y quemamos los deseos. Después, uno tras otro fuimos saltando las velitas en un salto digno del Record Guinness, pero por su miniatura, por supuesto, y nos colocamos en corro para bailar una de las danzas que tanto practiqué los primeros domingos de mes en el templo de Debob. Es una danza meditativa típica de Escocia que debe interpretarse como el recorrido que hace cada persona a lo largo de su vida; a veces dejándose llevar, otras casi a trompicones o en varias direcciones, pero siempre avanzando lentamente. Esta danza tiene un poder hipnótico sobre mi cuerpo, mente y espíritu y según me comentaron los demás, también lo llegaron a sentir. Por último contemplamos el atardecer-amanecer y es que en esta época del año y en esta latitud ambas cosas son una sola. El cielo mantiene su color rosado durante unas dos horas y hay luz suficiente para leer a cualquier hora del día (y de la “noche”).



 Os dejo un video de la canción a la que me refiero pero no hagáis mucho caso a las imágenes que no tienen nada que ver conmigo.

1 comentario:

  1. Seguro que fue muy bonito y me alegro mucho. Qué pena no haber estado allí. Al menos, con tu relato consigues que experimente una fracción de lo que sentisteis. Gracias por compartirlo.

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